20 marzo 2013

El reclamo.


No era el sonido de un violín, tampoco el de una flauta travesera, eran una pareja de jilgueros flirteando en el viejo carballo. No era un animal muerto, no había un contenedor de orgánicos cerca, era el olor que desprendía la sin techo que se sentó conmigo en el banco; con su carrito lleno de objetos imperfectos  y su perro piojoso, peludo y feo. Su rostro no reflejaba felicidad ni tristeza, de vez en cuando esbozaba una sonrisa heboide. Estaba demasiado arropada para la cálida temperatura primaveral, incluso llevaba unos guantes de lana cortados por los nudillos: parecía anclada a un invierno perpetuo.
-Quítese el guante de la mano derecha-. Me observo huraña y desconfiada, pero tres segundos después accedió a mi petición sin un porqué. Cogí de mi bolsillo un grueso anillo de oro blanco aderezado con un precioso diamante, tomé su mano y coloqué la sortija en su dedo anular; si no fuera por la roña que oscurecían sus largas uñas, el hollín de sus dedos y la nicotina de siglos allí incrustada, incluso dejaría que me acariciara, como era su intención.
 – Es para ti, te lo regalo, la mujer a la que iba destinado no lo quiso, véndelo en una de esas tiendas que compran oro y podrás deshacerte del invierno.
La dejé con lagrimas en los ojos, tocando y acariciando suavemente el objeto: justo el efecto que quise para el reclamo en su día, y que hasta hoy no pude observar.

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