07 febrero 2013

Crónicas del paro.


Dormía desde hacia un mes en una caseta de obra, de esas metálicas utilizadas por el personal para muda y aseo. La edificación llevaba un año parada como tantas otras a lo largo y ancho del país, la única visita que recibía era la de algunos chavales para lo del botellón, no eran muchos y casi no hacían jaleo, incluso le dejaban las botellas inacabadas. En el habitáculo aún quedaban unas fundas azules manchadas de barro,  con su perpetuo olor a sudor rancio, cuando el frío apretaba se las echaba encima, y entre el vino barato, su tremenda pena  y el asco, se quedaba adormilado. Cuando hace dos años se quedó en el paro tras una famosa suspensión de pagos, no podía ni imaginarse que hoy estaría como lo sintecho que pululaban por las calles, a esos a los que invitaba a tabaco y le soltaba un euro de vez en cuando. Tampoco cabía en sus razonamientos la huida de su esposa e hijo a casa de sus suegros, lugar al que no se rebajaría a ir ni muerto, aun rogándoselo su señora una y mil veces entre llantos y reproches. Le entregaba puntualmente el subsidio de desempleo a su mujer y se quedaba con doscientos euros, lo justo para chóped, pan bimbo y unos cartones de vino, para fumar se conformaba pidiendo tabaco a los transeúntes. Hacia tiempo que desistiera en pedir favores  a los conocidos, esos que hoy le torcían la cara y cambiaban de acera cuando se cruzaban por la calle viéndolo caminar a golpes de riñón, como si cargara sobre sus espaldas quinientos quilos de humillación y trescientos años de mala ostia.
Una mañana Rosa acudió en busca de su marido. Anduvo hasta el final del pueblo, buscando la edificación abandonada, el antiguo jefe de su esposo, al que tantas veces acudió entre suplicas, le había echo un hueco de peón para la reforma de una casa, aunque no era gran cosa le valdría para ir tirando. Isabel se separó de su marido cuando este no aceptó  acceder a la caridad de su padre, ofreciéndole una habitación y sustento cuando la situación se había vuelto insostenible, nunca entendió como su marido seguía bebiendo y jugando como si nada hubiera pasado, viéndolo atragantarse en su propio orgullo y lapidando el margen que tenían para volver a empezar.
Ramón dormía en un cochambroso colchón, tapado con cartones y alguna funda mugrienta,  olía a defecación y humedad, había pan de molde lleno de moho, una pequeña radio  y una pila de revistas y periódicos mojados. Ramón dormía pero no se despertó cuando su mujer empezó a zarandearlo entre gritos y llantos, como si con la mezcla de angustia, dolor e infinita rabia pudiera resucitarlo.

2 comentarios:

  1. Uno no es realmente consciente de lo que esta sucediendo hasta que lo ve muy de cerca.Como una persona trabajadora y buena se encuentra de pronto en la calle, con hijos y sin poder sustentar siquiera sus bocas.Es un infierno pero aun asi aun nos seguimos arrastrando esperando milagros. Me encanto leerte,Un saludo

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  2. A veces es duro escribir sobre esta miserable realidad, pero es lo que nos toca. Gracias por pasarte por quedarte y por tu comentario. Un saludo

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¡¡¡¡A que coño esperas!!!!!! ¿Suelta algo...?