17 diciembre 2012

Aves rapaces que amanecen palomas


Parecía que la mandíbula  iba a desencajársele en cualquier momento. La acababan de despedir del trabajo en un bar de copas, se estaba dando un homenaje de rabia tomándose unas copichuelas, -eso me dijo-, también necesitaba alguien para contarle sus penas –eso creía yo-. El siguiente viaje al wc ya no lo hizo sola; uno no siempre es el elegido para consolar a una veinteañera que bien hubiera podido pasar por una  periodista de la sexta, quizás la seriedad y cierto aire de dandysmo al fondo de una barra daba algún punto a mi favor. –Sos un tío cojonudo-, y solo llevaba tres horas aguantando estoicamente un monólogo sobre la tragedia humana, los jefes boludos y lo conchudos que eran los clientes de madrugada. Cuando la música cesó y se encendieron las luces del último local abierto; avancé hacia la salida con aquel cuerpo glorioso y frágil colgado del cuello, el único alcohol que entro en mi boca en la última hora era el que se desprendía de su lengua ágil, pastosa, acida y viciosa. La bienvenida tenue luz del nuevo día dejaba entrever los rastros del naufragio: anatomías deshechas, rostros de película  serie Z, procesión de bultos desfigurados.  – Vivo cerca, en aquella dirección. – No me dejés, veníte a mi casa, por favor.
Acabábamos de entrar en un coqueto y desordenado  piso-estudio de una urbanización de las afueras,  de una de las dos únicas puertas que había en la estancia,  salió un chavalín de unos ocho años somnoliento, desperezándose, de la mano de un  feo y viejo oso. – Ya te has despertado mi amor, petiso, cariño, es muy temprano, andá, volovéte a dormir, -se abrazaron-.
Antes de que esa tierna escena materna finalizase ya me encontraba andando por la acera, seria incapaz de  soportarlo, estar en la cama, durmiendo, tomando una copa o simplemente charlando en el sofá, sabiendo que aquella criatura necesitaba ya a su madre. Quizás vuelva por aquí, siempre me queda la duda de si arrepienten al día siguiente; pero aunque así sea  y no vuelva a verla jamás, siempre recordare esos ojos verde vidrio incrustados en ojeras de volátil malva, sentada en el retrete, mirándome entre benevolencia y saña, mientras me disponía a vaciar la bolsita del último gramo  sobre un gastado dni, a un minuto escaso de hacer desaparecer en su boca mi apreciado amigo púrpura, con la sapiencia y parsimonia del que se sabe hacer  un buen trabajo. Silvia Carla Lucovic Pastiani, nació en  San Justo, provincia Buenos Aires, el  09-07-1979, -alcancé a leer mientras enrollaba veinte euros




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