12 diciembre 2012

Ganas de mear en la autopista.


Circulaba por la autopista como el que no quiere llegar a ninguna parte, como al que no esperan en ningún lado. Los coches me adelantaban como si les jodiera mi parsimonia y como si el límite de velocidad a ciento veinte fuera un exabrupto infantiloide. Sonaba lo nuevo de Nacho Vegas (soberbio y menos atroz), el pitillo me quemó el labio, en el cenicero no quedaba ni un milímetro de espacio, la colilla voló por la AP-9, me puse a pensar cual fue la última vez que lave el viejo volvo y la verdad es que ni puta idea: tiene tanta mierda que un minino podría sobrevivir un mes lamiendo tapicería y alfombrillas. La vejiga me pedía un pronto alivio, pararía en un área de servicio y aprovecharía para vaciar el cenicero, pero no aguantaba con las ganas, revolvía el culo en el asiento y tenia pinchazos en el escroto, si el coche fuera automático barajaría la posibilidad de sacar la chorra por la ventanilla para mear en plan ciclista. Después de un chuletón regado con su botella de Ribera del Duero y el guisquillo para la digestión imposible no hacer parada cada quince minutos. En estas situaciones mi cerebro cavilaba la posibilidad de que si tuviera un accidente ahora mismo, además de tenerme que sacar del amasijo de hierros, me encontrarían meado hasta el pecho. Por fin: área de descanso a un km, salvado. El área de descanso es ese lugar en el que a cualquier hora del día abundan vehículos aparcados con los cristales empañados, como si fuera un nuevo ahumado que viniera de serie, incluso creo que hay gente que se mete en la autopista solamente para visitar esta parcela como si de una iglesia barroca se tratara. Había seis automóviles dispersados a ambos lados de la amplia zona verde, me apeé del coche y anduve ligero hasta detrás de un árbol a escasos metros del aparcamiento, saqué el muñeco y descargue una cálida, larga y placentera meada. Oí como se abría la puerta de un coche y las pisadas sobre la hierva de  alguien que se acercaba, mientra la sacudía giré la cabeza, un mozo de unos veinte muchos años me preguntaba si nos intercambiábamos unas mamadas o unas pajas. –Lo siento cachorro, paraba para otro tipo de solivianto, de todas formas agradezco la generosidad, eres la primera persona que me ofrece algo de sexo en mucho tiempo.


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